16 jun. 2012

Yoga Vasishtha de Valmiki: Decimocuarta conversación


EL MUNDO ESTA EN LA MENTE
Yoga Vasishtha
EXTRACTOS DE LAS INSTRUCCIONES DEL SABIO VASISHTHA A SU DISCÍPULO EL PRÍNCIPE RAMA

La obra titulada Yoga-Vasishtha, conocida también como Maharamayana, comprende treinta y dos mil versos atribuidos al sabio Valmiki, el primer poeta que se expresó en la lengua sánscrita tal como aún hoy la conocemos. En verdad, Valmiki podrá siempre reclamar para sí el hecho de ser el más grande de los poetas sánscritos, y el Yoga-Vasishtha está penetrado de una poesía de la más alta inspiración.
El Yoga-Vasishtha ha sido el libro preferido de yoguis y ermitaños en sus retiros del Himalaya, así como el de reyes y hombres de estado de la India. Comparten la opinión de que quien lo estudia con atención y vive sus enseñanzas se alza por encima de las limitaciones de la materia y, experimentando una inmutable beatitud en su propio ser, hace partícipe a su prójimo de su propia exaltación espiritual por medio de la bondad y de la verdadera filantropía.


DECIMOCUARTA CONVERSACIÓN

Continuó el bienaventurado Vasishtha:

«Oye ahora los métodos a los que debe recurrir el yogui para librarse de las cargas e inquietudes del mundo.

Mientras el germen de la discriminación echa brotes en la mente (al principio, como resultado de una actitud de desprecio respecto al mundo), los mejores de los hombres buscan la amplia sombra del gran árbol de la sabiduría, al igual que el viajero fatigado y agobiado por el sol detiene su marcha a la sombra refrescante del bosque.

El hombre dotado de sabiduría evita al ignorante. Tanto por su comportamiento correcto y cortés como por su rostro amable, se parece a la luna serena con sus rayos de ambrosía. Actúa con sabiduría y prudencia, es educado y solícito en sus maneras; es rápido en servir y complacer a los demás, y su conducta es pura.

Como las límpidas aguas del Ganges, el río celeste, la compañía de hombres santos y sabios contribuye a limpiar y purificar las almas de los pecadores.

En la mente del santo crece, como el árbol de llantén en la selva, una comprensión penetrante que la enseñanza de los Shastras favorece.

El hombre dotado de sabiduría sigue la conducta de los santos y los preceptos de los Shastras, imitando a aquéllos y practicando éstos.

El adepto que, día tras día, disminuye sus apetitos y sus placeres, se parece a la luna creciente, que cotidianamente aumenta su resplandor; ilumina a su familia al igual que la luna difunde su claridad sobre los astros que la rodean.

Entonces, para su mayor y más duradero bien, va a la búsqueda de la compañía de los santos, y llega a ser equilibrado y robusto, como recupera la salud un enfermo gracias a la abstinencia y a los cuidados de los médicos.

Desde ese momento, penetra con mayor profundidad, gracias a la elevación de su mente, en el sentido de los Shastras, como se sumerge un gran elefante en un lago de limpias, aguas.

Para los hombres virtuosos es algo natural ayudar a sus prójimos en peligro o angustiados y conducirles hacia la seguridad y la ventura, como el sol dirige a las gentes hacia la luz.

Toda riqueza no es más que desgracia acrecentada y la prosperidad es augurio de adversidad; todos los placeres no son más que falsas apariencias y todo bien terreno se convierte en su contrario.

En este mundo pasajero de muerte y sufrimiento no hay más que un elixir que pueda garantizar al hombre salud y vida perpetuas, y es el contento.

La primavera está llena de encanto, como los jardines del Paraíso, pero todos esos gozos se encuentran en el contento, que es capaz de proporcionar cualquier delicia.

Quien posee el contento en donde quiera que esté, bien, sea en soledad, lejos de su patria, en una selva o en el mar, en los lejanos desiertos o en un jardín, se encuentra perfectamente en su casa en todo lugar.

No se enamora de ningún ambiente, pero se mantiene con seguridad en toda situación, bien sea en compañía de amigos en un bello jardín o en medio de una asamblea de sabios discutiendo doctamente.

Allá donde vaya o allá donde se quede, siempre mantiene la calma y la ponderación, silencioso y señor de sí mismo. Aunque se halle bien informado, siempre está en búsqueda de conocimiento e incesantemente en pos de la Verdad.

Así, el sabio bienaventurado está habituado a sentarse en el suelo en meditación y, por su constante práctica, es absorbido en el Uno supremo, en un estado de beatitud trascendente.

Ese estado supremo consiste en ignorar los objetos sensibles y en permanecer consciente de la presencia del Espíritu omnisciente que llena por completo el espacio.

El sabio que ha percibido la gloria de Dios, se establece en una región de luz; y, como una lámpara encendida, disipa las tinieblas interiores, así como todos sus temores, animosidades y apegos exteriores.

Yo me inclino ante ese sabio semejante al sol y que está más allá, en todas las direcciones, de la oscuridad; que se ha alzado por encima de todo lo creado, y cuya gloria nunca más podrá sufrir merma.»

Dijo Vasishtha:

«Oh Rama, oh sabio príncipe, gracias a tu penetrante intelecto has conocido, en teoría, la verdad espiritual y nada te queda ya por aprender; pero tu mente, aunque sea naturalmente pura, todavía debe pasar por un pequeño cambio para que puedas realizar la Verdad en la práctica.

El intelecto de Shuka Deva, hijo del bienaventurado sabio Vyasa, había conocido, en teoría, la verdad por su ilustre padre, si bien la realización le fue concedida mediante la proximidad del Maestro. Tu caso es semejante al de Shuka Deva.»

Dijo Rama:

«Oh Señor, ¿cómo puede ser que el hijo de Vyasa, que había conocido la Verdad, permaneciese fuera de la beatitud hasta que se la enseñara su Maestro? Sé suficientemente bueno para explicármelo.»

Contestó Vasishtha:

«Oh príncipe, el bienaventurado Vyasa, cuyas luces y saber carecen de límites, se halla ahora sentado en la asamblea de tu padre, el rey, y su hijo Shuka Deva también está ahí.

Éste, durante su adolescencia, reflexionaba profundamente y conocía la Verdad esencial gracias a la discriminación y a la práctica incesante de la meditación; sin embargo, su corazón no estaba en paz y desconocía el sabor del néctar de la serenidad. 

La razón de esa ausencia de paz era que Shuka Deva no llegaba a vislumbrar que sólo el Sí mismo es la más alta Verdad.

Tras numerosos sufrimientos, su corazón se volvió totalmente indiferente a los placeres del mundo.

Shuka Deva, con el corazón purificado, se instaló en la soledad del monte Meru y preguntó al sabio Vyasa con gran respeto: ‘Oh Señor, sé suficientemente bueno para decirme cuándo y dónde nació este mundo ilusorio que engaña a todos los hombres; y también cómo y cuándo finalizará.’

Al escuchar estas palabras, el gran sabio, que veía la Verdad, expuso por entero a su hijo la doctrina sobre el origen y la desaparición del mundo de la ilusión.

Tras las palabras de su padre, Shuka Deva se dijo: ‘El Sabio no me ha dicho nada nuevo; ¡toda esa doctrina la conocía ya!’ No otorgó una consideración suficientemente respetuosa a las enseñanzas de su padre.

El venerable Vyasa, versado en todos los saberes del mundo, dijo a su hijo que ya nada podía añadir a lo ya enseñado y le aconsejó que se dirigiera a la corte del rey-sabio Janaka para aprender más de él.

Abandonó Shuka Deva la pacífica atmósfera del monte Meru y se fue a la capital del rey Janaka, donde solicitó de la guardia de palacio una audiencia con el soberano.

La guardia se llegó junto al sabio monarca y le anunció que Shuka Deva, hijo del gran Vyasa, se encontraba en la puerta.

El rey pensó que si a Shuka Deva le hacía demasiado fáciles las enseñanzas, quizá no las apreciara en su justo valor, pues es frecuente que los hombres no hagan suficiente caso de lo que consiguen sin sacrificio. Ordenó, pues, a la guardia: 

‘¡Dejadlo que espere!’

Durante siete días no envió respuesta alguna a Shuka Deva, puesto que estimaba esencial probar la fuerza de su aspiración al conocimiento, así como su disciplina moral y su indiferencia respecto a las seducciones del mundo.

Al cabo de esos siete días, el rey autorizó a Shuka Deva a entrar en el patio exterior del palacio, aunque, aparte de eso, no prestó ninguna atención a su presencia. Sin embargo, Shuka Deva permanecía imperturbable e impasible ante la falta de consideración que se le testimoniaba, a él, hijo de un sabio venerable y famoso en el mundo entero.

Finalmente, el rey hizo entrar a Shuka Deva en sus estancias privadas, donde se encontró rodeado de todo lo que el lujo de un rey puede ofrecer. Numerosas tentaciones se pusieron al alcance del joven brahman.

Las privaciones de catorce días seguidas del lujo del palacio real en absoluto impresionaron a la mente de Shuka Deva, como tampoco el desencadenamiento de una tempestad mueve las poderosas cumbres del Himalaya.

Tan indiferente hacia la falta de respeto y las adversidades como hacia la seducción de las delicias del palacio, Shuka Deva esperaba, tal como se le había dicho.

Terminada la prueba, se le permitió presentarse ante el rey. Dotado como estaba de discriminación y autocontrol, se mostró respetuoso, alegre e indiferente al sentimiento del placer.

El rey se inclinó y, testimoniando un gran respeto al joven brahman, le dirigió la palabra en estos términos:

‘Ahora que has cumplido con todos tus deberes en el mundo, ¿qué más deseas, Señor?’

Shuka Deva colocó a los pies del rey los modestos presentes que le había llevado y, respetuosamente, repitió la pregunta que ya había realizado a su padre. Ante su gran sorpresa, recibió del soberano la misma respuesta que le había dado el santo Vyasa.

Al escuchar la Verdad, Shuka Deva se dio cuenta de que sus propias reflexiones le habían conducido a las mismas conclusiones y de que la enseñanza de su padre era la misma que la de las Escrituras del Vedanta.

‘Esta ilusión de la existencia del mundo, que crea el sentido de la servidumbre y del sufrimiento, es un producto de la imaginación-deseo, y se derrumba al desaparecer ésta.

El Sí mismo, engañado por la ignorancia, imagina la diversidad de las apariencias. Esta es la convicción de aquellos que conocen la Verdad.’

‘Sin embargo, Señor, yo deseo la paz; ten la bondad de instalarme en una paz inmutable y libera a mi mente de las dudas respecto a la Verdad del Vedanta.’

‘¿Qué más podría enseñarte, oh Muni? Nada es real en el universo excepto el siempre sereno Atman. Por Su propio pensamiento queda sujeto y por Su propio pensamiento se libera.

Además, tú has dominado al sentido del placer y has adquirido el ojo de la discriminación.

¿Qué más deseas? Me siento orgulloso de tenerte hoy como huésped, a ti, hijo del gran Mahatma Vyasa.

Puesto que los placeres exteriores no te atraen y no caes en la ciénaga del apego, eres libre; ¡Tú eres Eso, oh Shuka!’

Al oír estas palabras pronunciadas por el rey, el Muni Shuka Deva experimentó un relámpago de iluminación interior y vio a su Sí mismo liberado de lo que puede ser visto y concebido. Libre de dolor, de temor, de agitación y de actividad, y enraizado en la eterna Paz.

Caminando como un verdadero deva, Señor de todas las cosas, sumergido en la beatitud de su propia naturaleza, Shuka Deva volvió al monte Meru y, permaneciendo en samadhi durante mil años, encontró la paz al verse liberado de su cuerpo, al igual que se apaga una lámpara por falta de aceite.

Así Shuka Deva, personificación de la pureza, puso punto final a su autoidentificación con la impureza de lo perceptible y a la causa de esa identificación: la ignorancia.

Encontrándose despojado tanto de virtud como de vicio, completamente libre de la identificación del Sí mismo con el cuerpo, agotado su karma, se hizo eternamente uno con el Sí mismo, como retorna una gota de agua al mar.»

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