11 abr. 2013

Bases Del Yoga: La Dificultad. Parte 3/5. Sri Aurobindo.


Índice "Bases del Yoga" de Sri Aurobindo

LA DIFICULTAD

Siempre hay, en los comienzos, dificultades y obstáculos para el progreso, y, hasta que el ser no está a punto, un retraso en la apertura de las puertas interiores. Si cada vez que meditas, sientes la quietud y los destellos de la Luz interior, si la atracción interior adquiere tal intensidad que la influencia exterior decrece y las perturbaciones vitales pierden su fuerza, eso constituye ya un gran progreso. 

El camino del yoga es largo; cada palmo de terreno ha de ser conquistado venciendo una gran resistencia, y no hay ninguna cualidad más necesaria al sadhaka que una paciencia y una perseverancia sin fluctuaciones junto con una fe inquebrantable que permanezca firme a través de todas las dificultades, retrasos y fracasos aparentes.


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Esos obstáculos son frecuentes en las primeras etapas de la sadhana; son debidos a que la naturaleza no es todavía suficientemente receptiva. Es preciso que descubras si el obstáculo se esconde en la mente o en el vital y trate de ampliar la consciencia en ese punto, de procurarle más pureza y paz, y, en esta pureza y esta paz, ofrecer al Poder divino sincera y totalmente esa parte de tu ser.


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Cada parte de la naturaleza quiere seguir con sus viejos movimientos y rehúsa, tanto como puede, admitir un progreso y un cambio radicales, porque eso la sujetaría a algo superior y le impediría ejercer su soberanía en su propio campo, en su imperio separado. Por esto la transformación es un proceso tan largo y difícil. 

La mente se entorpece porque su base inferior se apoya en la mente física y en su principio de inercia o tamas, pues en la materia la inercia es el principio fundamental. Una constante o larga continuidad de experiencias superiores produce en esta parte de la mente una sensación de agotamiento o una reacción de incomodidad o de torpeza. 

El éxtasis o samadhi es un medio de escape; el cuerpo se sosiega, la mente física se adormece; la consciencia interior queda libre para proseguir sus experiencias. El inconveniente consiste en que el éxtasis resulta indispensable, y el problema de la consciencia de vigilia sigue sin resolver, pues ésta permanece imperfecta.


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Si la dificultad durante la meditación consiste en la intrusión de pensamientos de todas clases, eso no es debido a las fuerzas hostiles, sino a la naturaleza ordinaria de la mente humana. Todos los sadhakas se encuentran con esta dificultad, y a muchos les dura muchísimo tiempo. 

Hay varias maneras de vencerla. Una de éstas es la de contemplar los pensamientos sin aprobarlos y, observando la naturaleza de la mente humana tal como sus pensamientos la revelan, dejar que poco a poco vayan desapareciendo. Éste es el sistema recomendado por Vivekananda en su rajayoga. 

Otro procedimiento es el de contemplar los pensamientos como si no fueran propios, el de convertirse en el purusha-testigo que se mantiene detrás y no da su consentimiento. Los pensamientos son considerados como cosas procedentes del exterior, de la prakriti, y hay que sentirlos como transeúntes que cruzan el espacio mental, con los cuales no se tiene ninguna relación ni despiertan el menor interés. De esta manera, después de un cierto tiempo, la mente se divide generalmente en dos partes: el testigo mental que observa, mientras permanece perfectamente impasible y sosegado, y el objeto de la observación, la prakriti, por la que cruzan, errantes, los pensamientos. Después de lo cual, se puede empezar a tranquilizar o a silenciar también esa otra parte. 

Hay, por último, un tercer método, activo, en el que uno se esfuerza en ver de dónde vienen los pensamientos, y se descubre que no proceden del interior, sino de fuera de la cabeza, por así decirlo. Si uno logra descubrirlos cuando están viniendo, debe rechazarlos completamente, antes de que puedan entrar. Este procedimiento es tal vez el más difícil y no todo el mundo puede practicarlo; pero si se puede seguir, es el camino más corto y el más eficaz hacia el silencio.


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Es necesario que observes y que conozcas los malos movimientos que hay en ti, porque son la causa de tu dificultad y tienes que rechazarlos persistentemente si quieres alcanzar la liberación. Pero no estés siempre pensando en tus defectos y en tus errores. Concéntrate más bien en lo que tienes que ser, en el ideal, teniendo fe en que este ideal ha de llegar y llegará a ser realidad, puesto que es la meta que está ante ti. 

La constante observación de nuestras faltas y de nuestros errores produce depresión y debilita la fe. Vuelve más tus ojos a la luz naciente y menos a la oscuridad presente. La fe, la alegría, la confianza en la victoria final es lo que ayuda, lo que hace que el progreso sea más fácil y más rápido. 

Haz más caso de las buenas experiencias que vienen a ti. Una experiencia de este género es más importante que los falsos pasos y los fracasos. Y cuando cesa, no te lamentes ni te dejes arrastrar por el desaliento; permanece tranquilo interiormente y aspira a que se renueve de una manera más intensa y te conduzca a una experiencia todavía más profunda y más completa. 

Aspira siempre, pero con más sosiego, abriéndote al Divino de una manera simple y completa.


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El vital inferior en la mayoría de los seres humanos está lleno de defectos graves y de movimientos que proceden de las fuerzas hostiles. Una apertura psíquica constante, la repulsa persistente de esas influencias, la separación de uno mismo de todas las incitaciones hostiles y el influjo de la calma, de la luz, de la paz y de la pureza, del Poder de la Madre, te liberarán finalmente de este asedio. 

Lo que hay que hacer es estar sosegado, cada vez más y más sosegado. Considera esas influencias como algo ajeno a ti, como intrusos, sepárate de éstas, ciérrales la puerta y mantente en un estado de serena confianza en el Poder divino. Si tu ser psíquico invoca al Divino y tu mente es sincera y pide su liberación de la naturaleza inferior y de todas las fuerzas hostiles, si puedes invocar el poder de la Madre en tu corazón y confiar más en este poder que en tus propias fuerzas, este asedio será finalmente vencido y la fuerza y la paz ocuparán su lugar.


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La naturaleza inferior es ignorante, no es divina; en sí misma no es hostil a la Luz y a la Verdad, pero sí cerrada a su influjo. Las fuerzas hostiles son antidivinas, no meramente no divinas; se sirven de la naturaleza inferior, la pervierten, la llenan de movimientos desviados, y de ese modo influyen en el hombre y tratan incluso de entrar en él y de poseerlo o, por lo menos, de dominarlo completamente. 

Líbrate de toda opinión exageradamente despectiva de ti mismo y de la costumbre de sumirte en la depresión por el sentimiento de pecado, de dificultad o de fracaso. Estos sentimientos no sólo no ayudan verdaderamente, sino que, por el contrario, constituyen un inmenso obstáculo y dificultan el progreso. Pertenecen a la mentalidad religiosa, no a la mentalidad yóguica. El yogui debe contemplar todos los defectos de la Naturaleza como movimientos de la prakriti inferior, comunes a todos, y rechazarlos con calma, firmeza y perseverancia, con una absoluta confianza en el Poder divino: sin debilidad, ni depresión, ni negligencia y sin excitación, impaciencia ni violencia.


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La regla, en el yoga, no es dejarse abatir por la depresión, sino separarse de ésta, observar su causa y eliminarla; porque la causa está siempre en uno mismo: quizá sea un defecto vital en alguna parte del ser, un impulso malo que se tolera o un deseo trivial que produce un retroceso, bien sea porque se le da satisfacción, o bien por denegársela. En el yoga un deseo satisfecho, un falso movimiento tolerado, provoca frecuentemente un retroceso peor que un deseo frustrado. 

Es necesario que vivas más profundamente en tu interior y menos en la parte mental y vital exteriores que están expuestas a estos contactos. El ser psíquico profundo no es abrumado por éstos; se mantiene en su característica proximidad al Divino y ve los pequeños movimientos de la superficie como cosas superficiales, extrañas al Ser verdadero.


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En la manera de tratar las dificultades y los malos impulsos que te asaltan, cometes probablemente el error de identificarte excesivamente con éstos y de considerarlos como parte de tu propia naturaleza. Deberías, por el contrario, apartarte, desasirte y disociarte de estas cosas, considerarlas como movimientos de la naturaleza inferior universal, imperfecta e impura, como fuerzas que penetran en ti y tratan de hacer de ti el instrumento de su propia expresión. Procediendo así, es decir, desasiéndote y disociándote de estas cosas, te será más fácil descubrir una parte de ti -el ser interior o psíquico- a la que no atacan ni perturban, y vivir en esta parte cada vez más. Estos movimientos le son extraños; les deniega automáticamente su consentimiento y se siente siempre orientada o en contacto con las Fuerzas divinas y las regiones superiores de la consciencia. Descubre esa parte de tu ser y vive en esta parte. Ser capaz de hacerlo es el verdadero fundamento del yoga. 

Retirándote así hacia atrás, te será también más fácil hallar dentro de ti, detrás de los conflictos de la superficie, un sosegado equilibrio desde el cual podrás pedir más eficazmente la ayuda que te liberará. La presencia, la calma, la paz, la pureza, la fuerza, la luz, la felicidad, la amplitud divinas están encima de ti, dispuestas para descender a ti. Halla este sosiego que está detrás y tu mente se tranquilizará también, y por medio de esta mente sosegada, podrás pedir y hacer descender, primero la pureza y la paz y después la Fuerza divina. Cuando puedas sentir en ti el descenso de esta pureza y de esta paz, podrás hacerlas descender de nuevo una y otra vez, hasta que comiencen a establecerse en ti; sentirás también que la Fuerza trabaja dentro de ti para cambiar los impulsos y transformar la consciencia. En este proceso percibirás la presencia y el poder de la Madre. Hecho esto, todo lo demás no es más que una cuestión de tiempo y de desarrollo progresivo de tu verdadera naturaleza divina.


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La presencia de imperfecciones, e incluso de muchas y muy serias imperfecciones, no puede ser un impedimento permanente para el progreso del yoga. (Y al decir esto no me refiero a una reanudación de la apertura anterior porque, según mi experiencia, lo que viene generalmente después de un periodo de obstrucción o de lucha es una nueva y más vasta apertura, una consciencia más amplia y un progreso en relación con lo que se había ganado anteriormente y que durante un cierto tiempo, parecía en apariencia perdido). El único impedimento que puede ser permanente -pero que no lo es necesariamente, porque también ese puede ser superado- es la insinceridad, y ésta no existe en ti. 

Si las imperfecciones fueran un impedimento, nadie podría tener éxito en el yoga; porque todos los hombres son imperfectos, y, según he podido observar, no tengo la seguridad de que los que poseen una aptitud superior para la práctica del yoga no sean, precisamente, los que tienen o han tenido las más graves imperfecciones. 

Supongo que conoces el comentario de Sócrates sobre su propia naturaleza. Muchos grandes yoguis podrían decir otro tanto de su naturaleza humana inicial. En el yoga, lo único que cuenta al final es la sinceridad, y con la sinceridad la paciencia para perseverar en el sendero. Muchos, incluso sin tener esta paciencia, prosiguen hasta el fin porque, a pesar de la rebeldía, de la impaciencia, de la depresión, del desaliento, de la pérdida temporal de la fe, una fuerza más grande que su ser exterior -la fuerza del Espíritu, el impulso de la necesidad del alma- les empuja a través de la niebla y la oscuridad hacia la meta que está ante ellos. Las imperfecciones pueden ser escollos que provoquen una mala caída temporal, pero no un impedimento permanente. Los periodos de oscuridad que provienen de alguna resistencia de la Naturaleza pueden ser una causa más seria de retraso, pero tampoco son de duración ilimitada. 

La larga duración de tus periodos de oscuridad no es una razón suficiente para dejar de crecer en tu aptitud o en tu destino espiritual. Creo que estas alternativas de periodos de luz y periodos de oscuridad son una experiencia común entre casi todos los yoguis, y que las excepciones son muy raras. Si se inquieren las razones de este fenómeno, tan desagradable para nuestra impaciente naturaleza humana, se descubrirá, a mi parecer, que hay dos razones primordiales. La primera es que la consciencia humana o no puede soportar un descenso constante de Luz, de Poder y de ananda, o no puede, a la vez, recibirlos y absorberlos; necesita periodos de asimilación. Pero esta asimilación prosigue detrás del velo de la consciencia de superficie; la experiencia o la realización que ha descendido, se retira detrás del velo y deja que la consciencia exterior permanezca en reposo, para prepararse para un nuevo descenso. En etapas más avanzadas del yoga, estos periodos sombríos o nebulosos se vuelven más cortos, menos penosos, y son aligerados por la percepción de una consciencia más grande que, aunque no actúa para un progreso inmediato, está sin embargo presente y sostiene la naturaleza exterior. 

La segunda causa es una resistencia, alguna cosa en la naturaleza humana que no ha sentido el descenso anterior, que no está a punto y que quizá no quiere cambiar, y, que, abierta o secretamente, hace surgir el obstáculo. Muchas veces es la arraigada formación de un hábito mental o vital, o bien una inercia momentánea de la consciencia física, pero no exactamente una parte de la Naturaleza. Si se consigue descubrir la causa, reconocerla, ver su funcionamiento e invocar al Poder para que la haga desaparecer, los periodos de oscuridad pueden reducirse grandemente y su intensidad disminuye. Pero, en todo caso, el Poder divino prosigue siempre veladamente su obra, y un día, quizá cuando menos se espera, el obstáculo desaparece, se disipan los nubarrones y el sol resplandece otra vez. La mejor actitud en esas circunstancias, si uno es capaz de adoptarla, es la de perseverar tranquilamente, sin irritarse ni desanimarse y mantenerse lo más abierto que sea posible a la Luz, esperando con fe su venida. He tenido ocasión de constatar que eso reduce la duración de estas pruebas. Después, una vez que el obstáculo ha desaparecido, se descubre que se ha efectuado un gran progreso y que la consciencia ha aumentado notablemente su capacidad de recibir y de retener. Hay una compensación por todas las pruebas y tribulaciones de la vida espiritual.


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Aunque el reconocimiento del Poder divino y el ajuste de tu propia naturaleza al mismo no se puedan efectuar sin que reconozcas así mismo las imperfecciones de esa naturaleza, es sin embargo una mala actitud insistir demasiado en las imperfecciones o en las dificultades creadas por éstas, o desconfiar de la acción divina por las dificultades que experimentas, o conceder demasiada importancia al lado sombrío de las cosas. Adoptando esta actitud acrecientas la fuerza de las dificultades y das a las imperfecciones más base para persistir. No pretendo un optimismo a lo Coué(1) aunque un optimismo excesivo ayude más que un pesimismo excesivo; el método Coué tiende a disminuir las dificultades y, por otro lado, hay que tener siempre un sentido de proporción en todo. Pero tú no corres el riesgo de subestimar las dificultades y de ilusionarte con una perspectiva desmesuradamente brillante; por el contrario, insistes siempre demasiado en las sombras y al obrar así las oscureces más y obstruyes tus puertas de salida hacia la Luz. ¡Fe, más fe! Fe en tus posibilidades, fe en el Poder que está actuando detrás del velo, fe en la obra que está por hacer y en la ayuda ofrecida. 

No hay ningún propósito grande (y menos aún en el campo espiritual) que no promueva o que no tropiece con graves obstáculos de una naturaleza muy pertinaz. Obstáculos internos y externos, esencialmente iguales para todos, pero extremadamente variables en su intensidad relativa y en su aspecto exterior. La única dificultad real consiste en la armonización de la naturaleza con la acción de la Luz y del Poder divinos. Una vez resuelta dicha dificultad las otras desaparecerán o se situarán en un lugar subordinado, e incluso aquellas que son de un carácter más general, más duradero - porque son inherentes al trabajo de transformación, no pesarán tan abrumadoramente porque sentirás la fuerza que sostiene y tendrás un poder más grande para seguir su movimiento.


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El olvido completo de la experiencia significa simplemente que no existe aún una comunicación suficiente entre la consciencia interior, que vive la experiencia en una especie de samadhi, y la consciencia exterior o de vigilia. Sólo cuando la consciencia superior ha establecido un puente entre ambas, la consciencia exterior comienza también a recordar.


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Esas fluctuaciones en la fuerza de la aspiración y en el poder de la Sadhana son inevitables y comunes a todos los sadhakas hasta que todo el ser está a punto para la transformación. Cuando el ser psíquico está en primer plano o activo y la mente y el vital dan su consentimiento, entonces hay intensidad. Cuando el ser psíquico está en un lugar menos importante y el vital inferior prosigue el curso ordinario de sus movimientos o la mente su acción ignorante entonces, a menos que el sadhaka esté muy atento, las fuerzas adversas pueden penetrar en él. La inercia procede generalmente de la consciencia física ordinaria, especialmente cuando el vital no sostiene activamente la sadhana. Para eso el único remedio posible es hacer descender persistentemente la consciencia espiritual superior a todas las partes del ser.


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Una caída circunstancial de la consciencia es algo que sucede a todo el mundo. Las causas son diversas; alguna impresión procedente del exterior, algo que aún no ha cambiado o que no ha cambiado suficientemente en el vital, especialmente en el vital inferior; una inercia o una oscuridad surgiendo de las partes físicas de la naturaleza. Cuando te suceda eso, permanece tranquilo; ábrete a la Madre y pide el retorno de la verdadera condición; aspira a un discernimiento claro e impasible que te señale desde tu interior la causa de lo que ha de ser rectificado.


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Entre dos movimientos hay siempre pausas de preparación y de asimilación. No debes mirarlas con mal humor o impaciencia, como si fueran enojosas interrupciones de la sadhana. Por otro lado la fuerza asciende elevando una parte de la naturaleza a un plano superior y desciende después nuevamente a un estrato inferior para elevarlo de la misma manera; este movimiento ascendente y descendente es a menudo muy penoso porque la mente, que preferiría una ascensión vertical, y el vital que anhela una rápida realización, no pueden comprender ni seguir ese movimiento complicado si tienden a afligirse o a irritarse. Pero la transformación de la naturaleza entera no es cosa fácil de lograr y la Fuerza que ejecuta esta transformación sabe, mejor que nuestra mente ignorante o que nuestro impaciente vital, lo que se debe hacer.


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La ausencia de una voluntad central, siempre superior a las oleadas de fuerzas de la Prakriti, siempre en contacto con la Madre, imponiendo a la Naturaleza su aspiración y su objetivo central, es una dificultad muy seria en el yoga. Eso es debido a que no has aprendido todavía a vivir en tu ser central; a que has tenido la costumbre de dejarte llevar por cada ola de fuerza que irrumpía sobre ti, sin importarte su naturaleza, y a identificarte inmediatamente con esta ola. Es una de las cosas que debes eliminar; tienes que descubrir tu ser central, cuya base es el ser psíquico, y vivir en él.


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Por dura que sea la lucha es necesario luchar hasta el fin, aquí y ahora. 

La dificultad radica en que nunca has afrontado completamente el verdadero obstáculo y no lo has eliminado. En una parte fundamental de tu naturaleza hay una fuerte formación del ego individual que ha introducido en tu aspiración espiritual un elemento persistente de orgullo y de ambición espiritual. Esta formación nunca ha aceptado dejarse abatir para dar paso a alguna cosa más verdadera, más divina. Por esta razón, cada vez que la Madre ha puesto su fuerza en ti o que tú mismo has tirado de su fuerza, esta formación ha impedido siempre que la fuerza hiciera su obra a su manera. Esa formación ha empezado a construir según las ideas de la mente o las exigencias del ego, tratando de hacer su propia creación «a su manera», por medio de su propia fuerza, su propia sadhana, su propio tapasya. No ha habido nunca en ti un verdadero sometimiento, una libre y simple entrega de ti en las manos de la Madre divina. Y, sin embargo, ése es el único modo de tener éxito en el yoga supramental. Ser un yogui, un sannyasi, un tapaswi, no es la meta aquí. La meta es la transformación, y la transformación solamente se puede lograr en virtud de una fuerza infinitamente más grande que la tuya; sólo se puede obtener abandonándose como un niño en las manos de la Madre divina.


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No hay razón para que abandones la esperanza de tener éxito en el yoga. La depresión que experimentas en estos momentos es una cosa temporal que, tarde o temprano, se abate incluso sobre los más fuertes sadhakas y que algunas veces se reproduce incluso repetidamente. Lo único que hay que hacer es resistir con la parte despierta del ser, rechazar todas las instigaciones adversas y esperar, abriéndote tanto como puedas al verdadero Poder, hasta que se acabe la crisis o el cambio del que esta depresión es una etapa. Las instigaciones que acuden a tu mente diciéndote que no tienes aptitud para el yoga y que debes volver a la vida ordinaria, son incitaciones de procedencia hostil. Hay que rechazar siempre las ideas de este género como invenciones de la naturaleza inferior que, aunque se presenten fundamentadas en apariencias que parecen convincentes para la mente ignorante, son falsas, porque exageran un movimiento pasajero y lo presentan como la verdad exacta y definitiva. Hay una sola verdad en ti a la que tienes que aferrarte tenazmente: la verdad de tus posibilidades divinas y la llamada que la Luz superior hace a tu naturaleza. Si te mantienes firmemente aferrado a esta verdad o vuelves a esta verdad invariablemente, si eres víctima de una momentánea vacilación, al final la verdad se justificará a pesar de todos los obstáculos, de todas las dificultades y de todos los pasos en falso. Todo lo que resiste, desaparecerá a la larga con el progresivo desarrollo de tu naturaleza espiritual. 

Lo que hay que hacer es convertir y someter la parte vital. Ésta debe aprender a no querer nada más que la verdad superior y a abandonar toda insistencia en la satisfacción de sus impulsos y deseos inferiores. Es esta adhesión del ser vital lo que aporta la plena satisfacción y la alegría de toda la naturaleza en la vida espiritual. Cuando hay esta adhesión, hasta el hecho de pensar en volver a la existencia ordinaria resulta imposible. Mientras tanto, la voluntad mental y la aspiración psíquica han de ser tu sostén: si insistes, el vital acabará por ceder, convertirse y someterse. 

Fija en tu mente y en tu corazón la resolución de vivir para la Verdad divina y sólo por esta Verdad; rechaza todo lo que le es contrario o incompatible y apártate de los deseos inferiores; aspira a abrirte al Poder divino y a ninguno más. Hazlo con absoluta sinceridad, y la ayuda viva y presente que necesitas no te faltará.


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La actitud que has adoptado es la buena. Es este sentimiento y esta actitud lo que te ayuda a sobreponerte tan rápidamente a los ataques que algunas veces irrumpen sobre ti y te apartan de la verdadera consciencia. Como tú dices, tomadas así, las dificultades se convierten en oportunidades. Cuando uno afronta la dificultad con el espíritu apropiado y la vence, se da cuenta de que ha desaparecido un obstáculo, de que ha dado un primer paso hacia delante.


Dudar y resistir en alguna parte del ser aumenta el desorden y las dificultades. Por eso en los antiguos yogas de la India, se declaraba indispensable una sumisión sin reservas y una obediencia sin discusiones a las directrices del guru. Se exigía, no por conveniencia del guru, sino por el bien del shishya.


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Una cosa es ver los movimientos y otra, completamente distinta, permitir que entren dentro de ti. Hay que experimentar muchas cosas, verlas y observarlas, ponerlas en el campo de la consciencia y conocer lo que son. Pero no hay ninguna razón para que les permitas entrar en ti y poseerte. Sólo el Divino o lo que viene del Divino ha de ser admitido. 

Decir que cualquier luz es buena, es lo mismo que afirmar que cualquier agua es buena, o que cualquier agua clara y transparente es buena: no sería verdad. Hay que ver cuál es la naturaleza de la luz, de dónde procede, qué contiene, antes de poder afirmar que es la verdadera Luz. Existen falsas luces y resplandores engañosos y también luces inferiores que pertenecen a los estratos más bajos del ser. Es necesario pues estar en guardia y distinguir; el verdadero discernimiento aparecerá con el crecimiento del sentido psíquico, con la purificación de la mente y con la experiencia.


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El grito que oíste no procedía del corazón físico, sino del centro emotivo. La ruptura del muro significaba la ruptura del obstáculo o de algún obstáculo situado entre tu ser interior y el exterior. La mayoría de la gente vive en su personalidad exterior ordinaria que es ignorante y no se abre fácilmente al Divino. Sin embargo, hay en ellos un ser interior que no conocen y que puede fácilmente abrirse a la Verdad y a la Luz. Pero un muro les separa de él, un muro de oscuridad y de inconsciencia. Cuando este muro se derrumba, se produce una liberación; la calma, el ananda, la alegría que experimentaste inmediatamente después provenían de esa liberación. El grito que oíste era el grito de tu ser vital sorprendido por el carácter repentino de la ruptura y de la apertura.


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La consciencia está generalmente aprisionada en el cuerpo, centralizada en los centros del cerebro, del corazón y del ombligo (mental, emotivo y sensorial). Cuando sientes que la consciencia o alguna parte de la consciencia se eleva y se fija encima de la cabeza, es que tiene lugar su liberación de la fórmula corporal en la que se hallaba aprisionada. Es tu parte mental la que se eleva hasta allí, establece contacto con algo superior a la mente ordinaria y, desde allí, aplica la voluntad mental superior para la transformación del resto. Los temblores y el calor son consecuencia de la resistencia y de la falta de costumbre del cuerpo y del vital a esta demanda y a esta liberación. Cuando la consciencia mental puede establecerse así, en lo alto, de manera permanente o a voluntad, esta primera liberación alcanza su perfección (siddha). Desde allí, el ser mental puede abrirse libremente a los planos superiores o a la existencia cósmica y a sus fuerzas, y puede actuar con mayor libertad y poder sobre la naturaleza inferior.


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La Manifestación divina procede a través de la calma y la armonía, no por medio de conmociones catastróficas que son, por el contrario, el signo de un conflicto entre fuerzas vitales contrapuestas o, en todo caso, de un conflicto en el plano inferior. 

Piensas demasiado en las fuerzas adversas. Esa clase de preocupación ocasiona muchos tormentos inútiles. Fija tu mente en el lado positivo. Ábrete al poder de la Madre; concéntrate en su protección; pide la luz, la calma, la paz, la pureza y la expansión en la consciencia y en el conocimiento divinos. 

La idea de estar sometido a una prueba tampoco es una idea sana y no hay que llevarla demasiado lejos. No es el Divino el que inflige las pruebas, sino las fuerzas de los planos inferiores -mental, vital, físico-, y el Divino las tolera porque forman parte de la educación del alma y la ayudan a conocerse a sí misma, a conocer sus poderes y las limitaciones que debe superar. Lo que hace la Madre no es ponerte a prueba a cada instante, sino ayudarte constantemente a elevarte por encima de la necesidad de las pruebas y de las dificultades, necesidad que pertenece a la consciencia inferior. Tener constantemente consciencia de esa ayuda será tu mejor defensa contra todos los ataques, tanto si proceden de las fuerzas adversas como de tu propia naturaleza inferior.


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Las fuerzas hostiles llenen una cierta función que ellas mismas se han asignado: la de someter a prueba la condición del individuo, del trabajo, de la Tierra misma, y de su estado de madurez para el descenso y la realización espiritual. A cada paso del camino están allí atacando furiosamente, criticando, sugiriendo, imponiendo el desaliento o incitando a la rebelión, fomentando el escepticismo y acumulando dificultades. Ciertamente interpretan de manera muy exagerada los derechos que tienen en virtud de su función, y hacen una montaña de un grano de arena. Al menor tropiezo o por una falta insignificante, aparecen y plantan una barrera como el Himalaya en medio del camino. 

Pero esta oposición ha sido siempre permitida, no sólo como un examen o una prueba, sino para obligamos a buscar una fuerza más grande, un conocimiento de sí más perfecto, una pureza y una fuerza de aspiración más intensas, una fe indestructible y un descenso más poderoso de la Gracia divina.


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El Poder no desciende con la intención de excitar las fuerzas inferiores, pero como consecuencia de la manera en que debe actuar actualmente, esta activación tiene lugar como reacción contra su acción. Lo que hay que hacer es establecer como fundamento de toda la naturaleza una consciencia sosegada y vasta; así, cuando la naturaleza inferior aparezca, no será como un ataque o un conflicto, sino como una oportunidad para que el Señor de las fuerzas vea los defectos del mecanismo actual y haga progresivamente lo necesario para ajustarlo y cambiarlo.


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Las fuerzas de la ignorancia primero asedian desde el exterior, después hacen un ataque en masa para subyugar y capturar. Cada vez que se vence y se rechaza un ataque de tal naturaleza se produce una purificación en el ser, se gana un nuevo campo para la Madre, en la mente, en el vital, en el físico, o en las partes adyacentes de la naturaleza. La prueba de que el espacio que ocupa la Madre en el vital aumenta, se manifiesta en el hecho de que ahora opones una resistencia más grande a estos asedios que antes te dominaban por completo. 

Ser capaz de invocar la presencia o la fuerza de la Madre en tales momentos es la mejor manera de afrontar la dificultad. 

Es con la Madre, que está siempre a tu lado y en ti, con quien conversas. Lo importante es entender correctamente, de modo que ninguna otra voz pueda imitar la suya o inmiscuirse entre ella y tú.


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Tu mente y tu ser psíquico están concentrados en el objetivo espiritual y abiertos al Divino; por esto la fuerza desciende sobre la cabeza y va hasta el corazón; no va más allá porque el ser vital y la consciencia física están bajo la influencia de la naturaleza inferior. Hasta tanto que el ser vital y el ser físico no se sometan y no reclamen por sí mismos la vida superior, el conflicto continuará probablemente. 

Que todo en ti se someta. Rechaza cualquier otro deseo o interés, pide a la divina shakti que abra la naturaleza vital y haga descender la calma, la paz, la luz y el ananda en todos los centros. Aspira y espera con fe y paciencia el resultado. Todo depende de una sinceridad completa y de una consagración y una aspiración integrales. 

El mundo te atormentará en tanto alguna parte de ti le pertenezca. Sólo cuando pertenezcas enteramente al Divino podrás ser libre.


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Quien no tenga el valor de afrontar, con paciencia y firmeza, la vida y sus dificultades, no será nunca capaz de superar las aún más grandes dificultades interiores de la sadhana. La primera lección de nuestro yoga es la de afrontar la vida y sus pruebas con una mente sosegada, una firme valentía y una absoluta confianza en la divina shakti.


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El suicidio es una solución absurda. Esa persona se equivoca completamente pensando que de esta manera conseguirá la paz; sólo conseguirá llevar sus dificultades al más allá, a unas condiciones de vida más lamentables, y traerlas de nuevo consigo en otra vida sobre la Tierra. El único remedio es desembarazarse de estas ideas morbosas y afrontar la existencia con una clara voluntad de ejecutar una tarea determinada que constituya su objetivo en la vida, con tranquila y activa intrepidez.


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La sadhana debe hacerse en el cuerpo; no puede hacerla el alma desencarnada. Cuando el cuerpo muere, el alma va errando por otros mundos y finalmente retorna a otra vida en otro cuerpo. Y en la nueva vida, vuelve a hallar todas las dificultades pendientes de de resolución. ¿Por qué, pues, abandonar el cuerpo? 

Además si se prescinde del cuerpo voluntariamente, se sufre mucho en los otros mundos, y cuando uno nace de nuevo, lo hace en peores, no en mejores condiciones. 

La única manera sensata de proceder es afrontar las dificultades en esta vida y en este cuerpo y conquistarlas.


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El objetivo del yoga es siempre difícil de alcanzar, pero el nuestro es todavía más difícil que el de cualquier otro; está hecho solamente para quienes tengan vocación y aptitud, estén resueltos a afrontarlo todo y correr cualquier riesgo, hasta el del mismo fracaso, y tengan la voluntad de progresar hacia una completa ausencia de egoísmo y de deseo y hacia una consagración total.

No permitas que nada ni nadie se interponga entre tú y la fuerza de la Madre. El éxito depende de la aceptación de esta fuerza, de la capacidad para conservarla y de la respuesta a la verdadera inspiración, no de las ideas que la mente pueda concebir. Incluso las ideas y los proyectos que de otra manera podrían ser útiles, fracasarán si detrás de éstos no hay el verdadero espíritu y la fuerza y la influencia verdaderas.


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La dificultad debe de proceder de una falta de confianza y de obediencia. Porque la desconfianza y la desobediencia son como la mentira (son una falsedad fundada en ideas e impulsos falsos), dificultan la acción del Poder, impiden que sea percibido o que actúe plenamente y disminuyen la fuerza de la Protección. 

Es menester que adoptes la verdadera actitud, no solamente en la concentración interior, sino también en la acción y en los movimientos exteriores. Si obras así y lo pones todo bajo la dirección de la Madre, notarás que las dificultades empiezan a disminuir o que se superan mucho más fácilmente y que todo se simplifica definitivamente. 

En el trabajo y en la acción exterior tienes que proceder del mismo modo que en la concentración interior. Ábrete a la Madre, ponlo todo bajo su dirección, invoca la paz, el poder que sostiene, la protección y, a fin de que puedan trabajar, rechaza todas las malas influencias que pudieran intervenir creando movimientos falsos, negligentes o inconscientes. 

Sigue este principio y todo tu ser se unificará, bajo una dirección única, en la paz, la luz y el poder que protege.


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Cuando yo hablaba de ser fiel a la luz del alma y a la llamada divina, no me refería a ninguna cosa del pasado ni a ninguna falta de tu parte. Afirmaba simplemente la gran necesidad, en todas las crisis y en todos los ataques, de no hacer caso de ninguna incitación, de ningún impulso, de ningún señuelo y de oponerles la llamada de la Verdad, el signo imperativo de la Luz. En todas las dudas y en todas las depresiones, decir: «Pertenezco al Divino, no puedo fracasar A todas las instigaciones de impureza y de incapacidad, responder: «Soy un hijo de la inmortalidad, escogido por el Divino; sólo debo ser fiel a mí mismo y a Él; la victoria es segura; aunque cayera, me levantaría de nuevo». A todos los impulsos de partir y de servir a un ideal mas pequeño, replicar: «Este es el más grande, ésta es la única Verdad que puede satisfacer mi alma; soportaré todas las pruebas y todas las tribulaciones hasta llegar al final del viaje divino». Esto es lo que entiendo por fidelidad a la luz y a la llamada.

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