28 ene. 2017

Asanas: dolor, estar cómodos incluso en la incomodidad

Del libro "Luz sobre la vida" de B K S Iyengar



Muchas personas fijan su atención en el pasado o en el futuro para evitar experimentar el presente, la mayoría de las veces porque ese presente es doloroso o difícil de soportar. En la clase de yoga muchos estudiantes creen  que sólo tienen que "apretar los dientes y aguantarse" hasta que el profesor les diga que vuelvan del asana. Eso es considerar el yoga como una pura gimnasia y por ello es una actitud equivocada. El dolor está ahí para enseñarles algo, porque la vida está repleta de dolor. Sólo en la lucha hay conocimiento. Sólo cuando haya dolor verás la luz. El dolor es tu guru. Igual que experimentamos felizmente los placeres, también debemos aprender a no perder nuestra felicidad cuando llega el dolor. De igual manera que vemos el bien en el placer, debemos aprender a
ver el bien en el dolor; aprender a estar cómodos incluso en la incomodidad. No debemos salir huyendo del dolor, sino atravesarlo e ir más allá. Eso es cultivar tenacidad y perseverancia, una actitud espiritual respecto al yoga. Ésa es también la actitud espiritual hacia la vida.

Igual que los códigos éticos del yoga purifican nuestras acciones en el mundo, asana y pranayama purifican nuestro mundo interior. Utilizamos esas prácticas para ayudarnos a aprender a soportar y superar los dolores y aflicciones inevitables de la vida. Pondré un ejemplo, para detectar la diabetes hay que pasar una prueba para comprobar cómo tolera el cuerpo el azúcar. De la misma manera, las prácticas yóguicas nos enseñan hasta que punto puede nuestro cuerpo soportar el dolor y cuánta aflicción puede tolerar la mente. Como el dolor es inevitable, asana es un laboratorio en el que descubrimos cómo tolerar el dolor inevitable y cómo transformar el dolor que puede ser transformado. Aunque no buscamos el dolor de manera activa, tampoco huirnos del dolor inevitable que forma parte de todo crecimiento y todo cambio. Las asanas nos ayudan a desarrollar tolerancia en el cuerpo y la mente para así poder soportar el estrés y la tensión con más facilidad. En otras palabras, el esfuerzo y sus dolores inevitables forman parte esencial delo que las asanas nos enseñan. Por ejemplo, los estiramientos hacia atrás nos permiten ver el valor y la tenacidad de las personas, comprobar si pueden soportar el dolor. Las asanas de equilibrio sobre los brazos enseñan y cultivan tolerancia. Si puedes adaptarte y equilibrarte en un mundo que está siempre en movimiento y es inestable, sabrás cómo tolerar el cambio y la diferencia permanente.

Se necesita resistencia para permanecer en un asana. Para dominar un asana se necesita paciencia y disciplina. El asana no sale haciendo muecas. ¿Cómo se aprende a soportar el dolor? Ya hemos visto que hay que reposar en el posar; hay que crear relajación al igual que la cantidad justa de tensión. Esta relajación puede empezar soltando el estrés acumulado en las sienes y en las células del cerebro. Eso desestresa la carga del cerebro, soltando los ojos y las sienes,lo que a su vez descarga el estrés de los nervios y de las fibras musculares. Así es como podéis convertir un dolor insoportable en otro soportable, que os permitirá contar con el tiempo y el espacio en los que finalmente acabaréis dominando el asana y erradicando el dolor.

Para alcanzar la libertad hay que soportar el dolor. Esto también vale para la vida. Tenía una estudiante que decía que mientras estaba sentada practicando pranayama sentía hormigueo en los pies y que ahí era donde iba toda su concentración. Le contesté que lo que había hecho era una buena práctica. Como no estaba serena creyó que lo había hecho mal, pero la práctica no trata sólo de sensaciones agradables; trata de percepción consciente, y ésta nos lleva a darnos cuenta y a entender tanto el placer como el dolor.

Al principio el dolor puede ser muy intenso porque el cuerpo se nos resiste. Al abandonarnos a él ablandamos el cuerpo, y poco a poco va disminuyendo. Pero si cuando somos ya más diestros resulta que el dolor agudo regresa en un momento en que no debería hacer acto de presencia, lo más prudente es dejar el asana durante un rato y pensar en qué ha ido mal. El dolor sólo aparece cuando el cuerpo no entiende cómo hacer el asana, que es lo que sucede al principio. En cambio, en la postura correcta no hay manifestación dolorosa. Para aprender la postura correcta hay que enfrentarse al dolor. No hay otro modo. 

La inteligencia debe tener intimidad con el cuerpo. Debe hallarse en estrecho contacto con él y conocerlo bien. Cuando no existe intimidad entre la mente y el cuerpo aparece la dualidad, hay separación y no integración. Cuando experimentas dolor entras en estrecho contacto con la parte que resulta dolorosa, para así poder ajustarla y disminuir el dolor y sentir ligereza. El dolor es un gran filósofo porque piensa constantemente cómo deshacerse de sí mismo y eso requiere disciplina. El otro lado de la ecuación del dolor es comprender que el dolor hace que concentremos nuestra atención en la zona afectada. Si soltamos la tensión del cerebro, la atención muestra el camino para disminuir y luego erradicar la fuente del dolor. De este modo, el dolor puede ser un gran maestro que nos educa en cómo vivir con él y finalmente decirle adiós.

No se trata de que el yoga sea el causante de todo ese dolor; el dolor ya estaba ahí, oculto. Hemos vivido con él o aprendido a no ser conscientes de su existencia. Es como si el cuerpo estuviese en coma. Cuando empiezas con el yoga, los dolores no reconocidos emergen a la superficie. Cuando somos capaces de utilizar nuestra inteligencia para purificar nuestros cuerpos, entonces los dolores ocultos se dispersan.

Mientras exista rigidez corporal y mental, no habrá paz. Los errores internos, como forzar, actuar sin observar, tensar la garganta y bloquear los oídos, crean hábito, y ese hábito da paso a la falta de percepción consciente, a compresión, pesadez, tirantez, desequilibrio y dolor. Por ejemplo, cuando los músculos atrofiados vuelven a la vida aparecen los dolores del renacimiento. Existen sólo dos maneras de enfrentarse al dolor: vivir con el dolor para siempre o trabajar con el dolor y comprobar si puede erradicarse.

Aunque debemos reconocer la existencia e importancia del dolor, no debemos glorificarlo. Cuando hay dolor es que debe existir una razón para ello. El objetivo no es mantener un asana dolorosa a toda costa o tratar de dominarla antes de tiempo. Así es precisamente como me lesioné de joven cuando mi maestro me pidió que ejecutase el asana de Hanuman —que implica un estiramiento de piernas extremo— sin la formación ni preparación adecuadas. El objetivo es realizar el asana con la mayor intensidad de inteligencia y amor posibles. Para lograrlo es necesario aprender la diferencia entre dolor “apropiado” y dolor “equivocado”.

El dolor apropiado no sólo es constructivo. sino también estimulante e implica un reto," mientras que el dolor equivocado es destructivo y provoca un sufrimiento agudísimo. El dolor apropiado es para nuestro crecimiento y nuestra transformación física y espiritual. El dolor adecuado suele notarse como una sensación de alargamiento y reforzamiento graduales y debe diferenciarse del dolor equivocado, que a menudo es una sensación aleccionadora súbita aguda mediante la que el cuerpo nos dice que hemos ido más allá de nuestras capacidades presentes. Además, si se siente un dolor persistente y en aumento mientras se trabaja, lo más probable es que se trate de dolor equivocado.

El desafío del yoga es ir más allá de nuestros límites, dentro de lo razonable. Ampliamos continuamente el marco mental utilizando el lienzo del cuerpo. Es como si estirásemos un lienzo y creásemos una superficie mayor para pintar. Pero debemos respetar la forma presente de nuestro cuerpo. Si estiramos demasiado o demasiado rápido rasgaremos el lienzo. Si la práctica de hoy perjudica a la de mañana, entonces no es una práctica correcta.

Muchos profesores de yoga os piden que ejecutéis las asanas con facilidad, comodidad y sin ningún estrés ni esfuerzo. Eso acaba dejando al practicante viviendo dentro, de los límites de su mente, con el inevitable miedo, apego y mezquindad. Esos profesores y sus estudiantes sienten que el tipo de práctica precisa e intensa que describo es dolorosa. Sí, es cierto que a veces experimentamos dolor durante nuestra práctica al esforzamos y ejercitar la voluntad. El yoga tiene por objeto la purificación del cuerpo y su exploración, así como el refinamiento de la mente. Eso requiere fuerza de voluntad, tanto para observar como para soportar el dolor físico sin agravarlo. Sin cierta cantidad de estrés no puede experimentarse la auténtica asana, y la mente permanecerá encerrada en sus limitaciones, sin traspasar sus propias fronteras. Este estado mental limitado puede describirse como mezquino, de miras estrechas.

Recuerdo a dos estudiantes que también eran grandes bailarines de ballet. Podían adoptar cualquier postura sin resistencia ni estrés, así que el viaje hacia la postura final no podía enseñarles nada. Mi tarea consistió en devolverlos a las posturas y mostrarles cómo crear movilidad con resistencia en sí mismos para que pudieran trabajar en el punto de equilibrio entre lo conocido y lo desconocido. Cuando extendemos y expandimos la consciencia corporal más allá de sus limitaciones actuales, estamos operando en la frontera de lo conocido y dirigiéndonos a lo desconocido mediante una expansión inteligente de nuestra percepción consciente. Los bailarines de ballet tienen el problema contrario al de la mayoría de la gente porque, a causa de su flexibilidad excesiva, su capacidad corporal sobrepasa su consciencia intelectual.



Cuando empezamos a practicar asanas, experimentamos dolor físico y mental. De la misma manera que hemos de aprender a detectar la diferencia entre dolor físico apropiado y equivocado, también debemos hacer lo mismo con el dolor mental. El dolor mental apropiado también debe ser gradual y permitir que nos fortalezcamos en lugar de rompernos. Levantarse a las seis de la mañana para hacer yoga antes de ir a trabajar puede parecer doloroso, pero es constructivo e implica aceptar el desafío de ir más allá de las limitaciones actuales. No obstante, debemos mantener nuestra práctica progresiva y gradual. Si intentas madrugar tanto como para que ese dolor provoque la rebelión del cuerpo, digamos a las cuatro de la madrugada, no podrás mantener la práctica. Además, levantarte a las cuatro de la mañana hará que vayas corto de sueño y estés irritable con la familia, con lo que te comportas egoístamente y además transfieres tu sufrimiento a los demás. Utilizamos el dolor apropiado como una vacuna contra el dolor y el sufrimiento inevitables qUe la vida siempre nos depara, pero la dosis debe ser adecuada. La práctica de asana es una oportunidad para observar los obstáculos en la práctica y en la vida y descubrir cómo hacerles frente.

Muchas personas con un intelecto desarrollado siguen siendo emocionalmente inmaduras. Si de repente tienen que enfrentarse a dolores, intentan escapar. Están poco preparadas para enfrentarse al dolor y tratar con él cuando se les pone en una postura intensa. Esta práctica les pone frente a frente con la realidad de la naturaleza de sus cuerpos. Debemos afrentar nuestras emociones, no huir de ellas. No hacemos yoga sólo para disfrutar, sino para realizar la suprema emancipación.

La mayoría de las personas quieren obtener alegría sin sufrimiento. Yo acepto ambas cosas. Fíjate hasta dónde me ha llevado el sufrimiento. Cuando no te resistes al sufrimiento entablas amistad con otras personas que sufren. Yo he sufrido muchísimo en mi propio cuerpo. Ahora, cuando alguien me habla de sus sufrimientos, yo puedo sentirlos en mi cuerpo. Mi experiencia personal me proporciona un gran amor y compasión, así que digo: «Amigo mío, pemítame intentar algo». El dolor llega para guiarte. Cuando has conocido el dolor te tomas compasivo. Las alegrías compartidas no pueden enseñarnos esto.

Pero compasión no significa lástima. Un cirujano opera a pacientes que sentirían dolor si no los anestesiasen. Como profesor de yoga, he de operar cuando el paciente está cónsciente. Obviamente resulta doloroso, pero sólo de esa mane-
ra aprendemos a actuar, a vivir, a crecer. Cuando todo marcha bien todos parecemos sensatos, pero también necesitamos esa sensatez cuando algo vaya mal. Si hacemos frente al sufrimiento y lo aceptamos como algo necesario, desaparece toda ansiedad.

Las enfermedades no son más que una parte de nosotros mismos; son una parte de nuestra manifestación. Según la filosofía yóguica, las enfermedades y los sufrimientos son los frutos de nuestras acciones pasadas. En ese sentido somos responsables de lo que hemos creado. Si hacemos frente a la aflicción mediante el yoga, despertarnos a una nueva percepción consciente, henchida de tolerancia y resistencia, así como a una auténtica simpatía por los demás que sufren. Esas cualidades indican el grado de desarrollo que hemos alcanzado. ¿Por qué no aceptar la adversidad de modo positivo? Sí, es una señal de alarma, pero también contiene la semilla de su propia resolución y trascendencia.

Considero una de las mayores bendiciones de mi vida mi mala salud de pequeño, la pobreza, la falta de educación y la severidad de mi guru. Sin esas privaciones tal vez nunca me habría mantenido tan fiel al yoga. Cuando todo lo demás desaparece, se revela lo esencial.

Claro está, cuando eres joven resulta especialmente difícil saber a qué agarrarse y contar con la determinación y la perseverancia requeridas. De joven, viviendo en Pune y con muchas dificultades, me aferré a mi práctica yóguica. Como ya he
dicho, el conjunto de la sociedad consideraba que cualquiera que quisiera ganarse la vida enseñando yoga estaba loco, aparte de que era un inútil. La opinión general era que resultaba aceptable ser sacerdote o renunciante, pero que el yoga como profesión era inadmisible. La desaprobación y el ostracismo por parte de mi familia resultaban todavía más dolorosos. Por ejemplo, al ser de una familia ultraortodoxa, yo llevaba, claro está, un shendi, un largo mechón de cabello desde la coronilla de la cabeza rapada. En la moderna y occidentalizada Pune, era motivo de risa. Los alumnos de mi clase, compuesta por universitarios, todos fuertes, en forma y brillantes, se reían y burlaban de mi sin piedad. Finalmente me afeité el shendi y adopté un corte moderno. Aquello provocó la ira de mi familia. Dejaron de comer conmigo y ni siquiera permitieron mi entrada en sus cocinas.

Los hinduistas tienen tradicionalmente prohibido atravesar los mares. Tras mi primer viaje para enseñar en Inglaterra, en 1954, me detuve en Bangalore para presentarle mis respetos a mi tío materno. Se negó incluso a dejarme entrar en su casa. ¿Le sorprende a alguien que de joven desarrollase una coraza protectora de arrogancia? El tiempo me ha suavizado, pero mi arrogancia juvenil fue la única manera que conocía para defenderme en lo que daba la impresión de ser un mundo hostil. No obstante, esa hostilidad también me motivó a permanecer fiel al yoga.

Todo el mundo se encuentra en alguna ocasión inmerso en el feo dilema en que los acontecimientos o comportamientos parecen equivocados. En el capítulo 2 de la Bhagavad Gita, Arjuna se encontró entre la espada y la pared, en un dilema. No hacer nada también es una acción, de consecuencias inevitables, por lo que no existe manera de escapar al dolor y al sufrimiento. Con la ayuda de Krishna, Arjuna siguió el camino del dharma, o la ciencia del deber religioso, reconciliando lo que es irreconciliable en los aspectos humano y material. En mi propia juventud, parecía imposible ser aceptado por mis estudiantes y por mi familia. Pero perseverando en el camino del yoga he alcanzado un nivel en el que no sólo soy aceptado, sino también honrado por mis estudiantes y mi familia. Eso habría sido imposible sin la evolución proporcionada por el yoga.

En una ocasión, mi desgracia se convirtió en una gran bendición. Como enseñaba a tantas mujeres y chicas, se daba por sentado que yo era una especie de inmoral. Incluso tuve una discusión con mi guru sobre aquellas falsas acusaciones. Pero eso hizo que me decidiese a casarme, aunque no estaba en una situación económica que me permitiese poder hacerlo, aunque debo decir que mi matrimonio con Ramamani fue la mayor de las bendiciones. Así pues, al hacer frente a la adversidad y el sufrimiento, y al aceptarlos como un medio necesario, se resuelven y desaparecen nuestras ansiedades. Si somo fieles al camino que recorremos, nuestras vidas mejorarán y la luz de la perfección distante llegará para iluminar nuestro viaje. 






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