22 jun. 2012

Usted es lo que usted come


Por André Van Lysebeth

Los Rishis de la India antigua han fijado con precisión las reglas de la dietética yóguica y han determinado qué alimentos debe escoger el yogui para permanecer joven y sano; pero las diferencias de clima, de modo de vida, de alimentos disponibles son tales, que es imposible seguir sus preceptos al pie de la letra en Occidente. Como el yoga sin la dieta no procura todos los beneficios que el alumno debe esperar de él, ya que el alimento procura los materiales de construcción del cuerpo, deberemos, juntos, establecer los principios dietéticos aplicables en Occidente, lo que no será fácil, porque los diversos sistemas se contradicen y se combaten encarnizadamente. A continuación los principios de base en los cuales todos o casi todos están de acuerdo. 

Pasemos primero revista a nuestro principales errores en materia de alimentación y, para ello escuchemos al doctor W. Kollath, especialista alemán en la materia, que afirma: "Si se hace excepción de las enfermedades provenientes de causas occidentales, de envenenamientos (plomo, arsénico, etc. ), de microorganismos extremadamente virulentos, de malformaciones congénitas la mayoría de las enfermedades conocidas encuentra su origen directo o indirecto en una alimentación incorrecta".

Vista la alimentación convencional del hombre actual "medio", es incluso asombroso que no sean más numerosas. Cada vez más personas se dan cuenta de ello, pero no es, a pesar de todo, sino una minoría. Creer, sin embargo, que la reforma alimenticia se limita a los alimentos es un error, pues es el conjunto de los hábitos de alimentación lo que hay que revisar. He aquí nuestros principales errores en materia de alimentación:

Ingerimos:

demasiado rápidamente;
demasiado caliente o demasiado frío;
en demasiada cantidad;
alimentos desnaturalizados;
una dieta demasiado rica y carente a la vez. 

Hay que remediar primero los errores 1, 2 y 3, sino la mayoría de las ventajas de una alimentación correcta se pierden, en tanto que evitando esos errores, aún si su régimen es discutible, limitará usted sus inconvenientes. 

Lo que importa es que usted asimile y no que trague. 

Por cierto, sabemos que hay que masticar los alimentos a fondo, nos lo han machacado desde la escuela primaria..., lo que no impedía, por otra parte, que el instructor que nos lo enseñaba engullese rápidamente sus rebanadas de pan, ayudado por grandes tragos de café, mientras nos vigilaba en el comedor. 

Alimentos insuficientemente masticados, que no han sufrido la predigestión bucal, se convierten en peso muerto en el estómago e intestino. 

Los yoguis mastican sus alimentos con paciencia de rumiante para extraerles todo el sabor, hasta que se licuan en la boca, y los trituran voluptuosamente con la lengua, órgano principal de absorción de energía pránica, después de la mucosa de la nariz. 

Horace Fletcher, el célebre dietético norteamericano, no ha descubierto nada, pero ha llevado el estudio de este problema más lejos que todos sus predecesores, su obra merece ser estudiada y él merece nuestra estima, porque él mismo pone en práctica su método, lo que no siempre sucede con los fabricantes de "sistemas". 

Excepto los yoguis, nadie antes de Fletcher había demostrado la importancia y la necesidad de la masticación de un modo tan irrefutable y persuasivo, nadie había dado indicaciones tan precisas y prácticas. Un alimento bien masticado está semidigerido: masticado a la Fletcher, lo está en sus tres cuartas partes. 
Hay que masticar, triturar, amasar todo lo que entra en la boca, mantenerlo el mayor tiempo posible, hasta que pase por sí mismo al esófago. No cuente sus masticaciones. Deje que la saliva actúe sobre los alimentos, concentre toda su atención sobre el acto de comer, sobre las modificaciones de gusto que se producen y descubrirá el verdadero sabor de los alimentos. 

La digestión acapara alrededor del 60% de la energía nerviosa disponible; al facilitar el trabajo tan complejo del tubo digestivo, libera usted reservas de energía para otras tareas, en tanto que masticando demasiado poco sus alimentos, se vuelven indigestos, causan  perturbaciones disgestivas y sufrirá usted las consecuencias de un metabolismo anormal: dispepsia, obesidad, o por el contrario, delgadez excesiva. 

Pacientemente masticados, preparados, los alimentos llegan al estómago a la temperatura ideal, con lo que elimina usted los errores 2 y 3, porque los que comen demasiado rápido comen demasiado. Ahora bien, todo exceso de alimentos, aun los de mejor calidad, es perjudicial. Desde el primer ensayo de masticación  racional experimentará usted beneficios: una digestión fácil. Una prueba de la eficacia del método la dan las deyecciones: las deposiciones están bien moldeadas, blancas, tienen el aspecto de arcilla húmeda y no tienen mal olor; el estreñimiento desaparece. Usted conoce sus efectos nefastos: las toxinas producidas por las bacterias de la putrefacción pasan a la sangre y envenenan todo el organismo.

Fletcher nos pide también comer únicamente cuando tenemos realmente hambre, mientras que el hombre actual come porque "es la hora". Cuando se instala el hambre verdadera (no confundir hambre y apetito, que no es sino deseo de comer), los platos más simples se convierten en suculentos, el gusto se afina, en tanto que los platos complicados pierden atractivo. Se convierte usted en epicúreo, en el verdadero sentido del término, en tanto que un comilón no extrae ningún placer real ni de los preparados culinarios más refinados. 

Fletcher dice también: "Deje de comer en cuanto se sienta saciado, no llegue l hartazgo".

Nos aconseja alejar las preocupaciones y apartar las discusiones en el momento de comer. 

Volver a aprender a comer es una tarea ingrata, que exige paciencia y perseverancia. No se haga ilusiones. Es muy difícil eliminar un hábito tan anclado como el de comer deprisa. 

¡Cuántos padres son responsables al incitar a sus hijos a comer rápidamente, prometiendo una recompensa al primero que haya vaciado su plato y amenazando al último con privarlo del postre!

Es molesto, pero indispensable, modificar el ritmo de la masticación. Utilice la siguiente astucia: deje la cuchara, el tenedor o el pan, coloque las manos en su regazo y mastique, si es posible con los ojos cerrados para concentrarse mejor. 

La primera semana es la más pesada, pero poco después usted no podrá comer de otra forma.

Hay que masticar incluso los alimentos líquidos (sopas, leche, etc.), y también el agua. Swami Satchidanandu dice: "Hay que beber los sólidos y masticar los líquidos".

Sin embargo, no prolongue demasiado la masticación de la carne, que adquiere un gusto infame; además de inútil, porque se digiere en el estómago por los jugos gástricos y no por la ptialina de la saliva, como sucede especialmente con las féculas. Guárdela para los cereales. Antes de cerrar este capítulo, debo confesarle algo: ¡yo también como demasiado rápidamente! Tal vez no hubiese debido arrojar la primera piedra a mi instructor...

Así pues, usted y yo acordemos que, a partir de la próxima comida masticaremos con convicción, energía y perseverancia. ¡Buen provecho!

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